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CONFESIONES DE ESTIO. Felisa y el Sultn   06 Aug. 2006

Historias de verano.

Querido amigo:

Hará cuestión de unos 20 días, un matrimonio suizo que reside en Ibiza desde hace muchísimos años, me invitó a cenar a su casa.Son multimillonarios, lo que no sé es a costa de qué. Durante la cena estuve flanqueado, a mi derecha, por un empresario alemán aburridísimo, que sólo sabía hablarme de yates y, a mi izquierda por el agregado cultural de la Embajada Española en Brunei. Éste tendría unos 45 años y me contó que estaba invitado en el barco de un sobrino del sultán que, como recordarás, se trata del hombre más rico del mundo.

Recuerdo que no hace mucho salió una noticia en los periódicos en la que se decía que una cuñada del sultán denunció a su marido por maltrato sexual. Al parecer decía que la trataba como a un juguete. Poco después, una mujer hawaiana también demandó a la familia real, por cargos parecidos, y así fueron apareciendo noticias por el estilo.

La noche pasó entre copas, hasta que Alvaro Ortiz de Villén -no me negarás que hay quien nace con apellidos idóneos para la diplomacia- me comentó si conocía a algún masajista en la isla que pudiera desplazarse hasta el barco del sultán para darle un masaje a su espalda. Resulta que, el pobre, sufría de dolores lumbares y buscaba, con celeridad, un masajista al que, dijo textualmente, se le retribuiría generosamente. (La prepotencia es una virtud muy típica de esos sujetos, que desconocen por completo algunos valores, entre ellos, el del dinero.)

Inmediatamente pensé en Felisa. Felisa es una muchacha que me recomendó Antón, el jardinero que cuida de las chapuzas de la casa de la playa, para sustituir a Carmen, aquella encantadora mujer que conociste hace un par de veranos y que estuvo a nuestro servicio toda su vida hasta que se jubiló.

Felisa tiene 35 años, pelo castaño y ojos oscuros y grandes con los que imprime una mirada franca y hermosa. No es ni alta ni baja y sin estar gorda luce una figura digamos robusta. Habla con un acento del sur, muy peculiar, y, según dice de un modo muy gracioso, ha estudiado para «estéticienne», palabra antigua que ella usaba con el orgullo del que ostenta un cargo muy importante.

A la mañana siguiente le propuse que fuera a darle un masaje al sultán, con lo que se ganaría un buen dinero. Le dije que no tenía nada que temer, que se trataba de un servicio escuetamente profesional y nada más.

Se me quedó mirando sin decirme nada y, de repente, me espetó muy seria: «¿Y ese señor sultán, si tanto dinero tiene, cómo no lleva un masajista con él?». Aunque no supe contestar a su pregunta, acabó aceptando sin demasiado convencimiento.

Llamé a Alvaro Ortiz y le comuniqué que Felisa accedía a acudir al barco. Me dijo que en una hora un coche la recogería para trasladarla a bordo del Seamoon (por cierto, el yate más grande de cuantos se encontraban atracados en Ibiza). A medida que se acercaba la hora observé como los nervios de la pobre iban in crescendo. Se preparó un pequeño kit con aceites y cremas, y esperó sentada en el recibidor a que apareciera lo que resultaría ¡una enorme limousine plateada! de la que bajaron dos gladiadores con camisas floreadas. Esas moles, muy en su papel, escoltaron a una pobre Felisa, que, encogida entre ellos, se giraba para lanzarme postreras miradas de desamparo. Esa imagen, querido amigo, superó mis pronósticos acerca de aquella aventura. Simulando naturalidad, y mientras aquel ridículo automóvil arrancaba, agité un brazo, como se hace a los viajeros que emprenden un viaje largo. Inmediatamente, me sentí responsable del mal rato que pasaba la pobre, así que llamé al diplomático para rogarle que cuidase de la muchacha. Nada. Su móvil estaba desconectado.

Por lo visto, cuando llegó al barco, la condujeron hasta un camarote donde la tuvieron más de una hora sin decirle nada. Ella, inquieta y sin hablar una palabra de inglés, mediante el lenguaje de la mímica les iba preguntando a los que por allí pasaban cuánto iba a tardar en dar su masaje. Pero no le hacían mucho caso, tan sólo le señalaban el camarote. Le preguntaron si quería beber algo, a lo que respondió, sin vacilar, que no. Al parecer, cada vez estaba más convencida de que querían drogarla. Cuando hacía más de dos horas que desesperaba, se dio cuenta de que ocurría algo extraño, inesperado. Con auténtico pavor comprobó, a través del ojo de buey de su camarote, que el barco se había puesto en marcha alejándose, a toda máquina, del puerto. Salió despavorida sin dirección determinada chillando por los interminables salones para que pararan el barco, porque ella se bajaba. Alguien le pidió que se tranquilizase y de nuevo le ofrecieron algo de beber.«No pienso dejarme drogar tan fácilmente», le dijo, esta vez sin signos, a un tipo con chilaba que le pedía calma.

Después de una hora de navegación, el Seamoon ancló en una preciosa cala de Formentera, momento en el que salieron, no se sabe de dónde y luciendo minúsculos bikinis, decenas de esculturales señoritas contratadas para la ocasión, que jugaron y nadaron con los invitados masculinos que pululaban por el barco.
Fueron pasando las horas y Felisa, horrorizada por todo lo que veía, lloriqueaba imaginando que ella iba a ser para el sultán el obsequio final de aquella bacanal. Se torturaba, viéndose como una concubina entregada a los placeres del sultán mientras el séquito jaleaba las destrezas del monarca.

Seis horas después, Felisa seguía prisionera de sus miedos y paralizada en aquel camarote sin beber ni comer. A media tarde, el barco se puso en marcha rumbo a Ibiza. Allí, una vez amarrado, un individuo la avisó diciéndole que el sultán la estaba esperando para el masaje. Algo reconfortada por verse otra vez en el puerto, cogió su bolsita de los aceites y siguió al criado, que la llevó hasta un majestuoso camarote en el que se hallaba, tumbado en una camilla y cubierto únicamente por una toalla, ¡el hermano del sultán! Al parecer, era un hombre más bien bajito, calvo, con un bigote prominente y muy moreno. Ella, desconfiada, se acercó hasta él. Al dejar sus cosas, observó que, sobre una mesilla contigua a la camilla, había dispuestos algunos preservativos.Intentó mantener la calma y, con gesto decidido dio un manotazo a los preservativos, queriendo dar a entender que ella, de sexo nada.
Aquel hombrecillo, ni siquiera reparó en el desaire de Felisa y, con la intención de resultar amable, le preguntó en inglés.«What's your name?», a lo que ella, obsesionada en dejar claro que de sexo nada, le respondió: «I am married». El moro respondió, sonriente: «You are very pretty, Married».

Ya ves qué gracioso despropósito.

La sorpresa final fue que, una vez acabado el masaje, a Felisa le entregaron un sobre y la despidieron en la escalerilla del Seamoon.

Anduvo unos metros y, simulando buscar algo en su estuche, contó el dinero que había en el sobre. Felisa lloró durante horas, sin poder asumir todos los temores vividos en el barco, y, sobre todo por los 6.000 E recibidos por el masaje al sultán.

¿Qué te parece?
Un fuerte abrazo,
Andreu.




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