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Como todos los años 08 Sep. 2011 AL EMPEZAR a escribir el primer artículo de la temporada, siento una curiosa mezcla de desolación y nostalgia por haberme pulido, sin apenas darme cuenta, lo que tanto había deseado desde otoño hasta bien entrada la primavera: las vacaciones de verano. Ahora comienzan, otra vez, los viajes, los hoteles, los aeropuertos, el frío, las noches que empiezan a las cinco de la tarde, los sábados en el teatro con dos funciones casi seguidas... Pero también me esperan cosas buenas como los aplausos, los restaurantes conocidos y por conocer, los proyectos nuevos y, sobre todo, algo muy valioso y con lo que coincido plenamente con Pep Guardiola, que manifestó en una entrevista que el éxito le había enseñado algo muy importante: saber distinguir entre que te feliciten y te den las gracias. A uno se le felicita porque le van bien las cosas o porque sabe hacerlas correctamente. Se hace como reconocimiento a su labor y por ello se le congratula; sin embargo, cuando se da las gracias a alguien por lo que hace, es algo impagable, y eso tiene un mayor valor porque de alguna manera se le está agradeciendo el bien que genera mediante su trabajo, es decir, se le recompensa por el beneficio que transmite. Eso es extraordinario. Agradar siempre es positivo, pero que se lo agradezcan a uno, es aún mejor. Así que cada vez que alguien nos da las gracias, y argumenta lo bien que se lo hacemos pasar, nos sentimos muy recompensados. Así que ahora, al empezar el nuevo curso, pensar en eso me pone de buen humor, como igualmente me alegra sentir que me gusta mi trabajo y que, afortunadamente, puedo seguir viviendo de él, no como tantos otros que no tienen esa posibilidad y a los que nos encantaría poder hacer reír aunque sólo fuera por un rato. Ahora, después de algunas semanas, es momento de reencontrarse con lo cotidiano, con la casa de todos los días, con ese olor a cerrado que se desprende al abrir la puerta, un olor familiar que ha permanecido suspendido y quieto en los rincones por los que no ha pasado nada ni nadie. Es el momento de rellenar los cajones que vaciamos al marcharnos; de poner el agua en marcha que se abre paso entre ruidosos sonidos de cañería; de abrir una nevera casi vacía en la que únicamente queda el tarro de la mermelada y una descolorida ramita de perejil. Empieza otra temporada y con ella, quién sabe por cuántas cosas habremos de pasar, buenas algunas, malas otras, ojalá las superemos con la fuerza necesaria para llegar, de nuevo, a las vacaciones y poder permitirnos el lujo de entristecernos por tener que volver a trabajar.
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