Algunos momentos inadvertidos 19 Jun. 2012
ALGUNOS DICEN que la felicidad se halla en las pequeñas cosas y que la vida está llena de inapreciables rutinas que hacen de lo cotidiano algo bello. Así lo dice Francesco Piccolo, escritor y guionista romano que ha publicado en Anagrama Momentos de . De manera simple y inadvertida felicidad desinhibida Piccolo describe algunos momentos en los que disfruta de situaciones ínfimas que contiene su cotidianidad. Momentos que le producen un imperceptible placer y que, sumados, consiguen darle instantes de gran valor emocional a su vida. A simple vista, y una vez detallados, pueden parecer insustanciales, aunque para él son totalmente imprescindibles. Leyendo el libro, me di cuenta de que sus pequeños placeres se parecen mucho a los míos, por lo que inmediatamente me convertí en su más ferviente cómplice.
Inspirado por la iniciativa de Piccolo, me voy a atrever a jugar, y al igual que él, confesaré algunas de esas cosas corrientes que tanto me gustan, introduciendo una variante con respecto al original, porque también citaré algunas que me disgustan. A ver si algún lector coincide conmigo en alguna de ellas.
Me gusta empezar a leer un libro del que no me ha hablado nadie. No me gusta que alguien me recomiende un restaurante utilizando la frase: «La relación calidad precio está muy bien».
Me gusta que al leer las facturas del gas o de la luz la cifra a pagar sea parecida a la de los meses anteriores. No me gusta oír silbar a alguien. Me gusta viajar en la primera fila del avión y salir el primero cuando abren la puerta para desembarcar, -en ese momento he adquirido el hábito de preguntarle a la tripulación por su siguiente destino, no sé por qué-. No consigo acostumbrarme a que me llamen caballero cuando alguien quiere dirigirse a mí; los que más utilizan esa expresión son los guarda jurado, los camareros, los guardias municipales y los porteros de discoteca. Seguramente lo hacen porque piensan que les otorga la cualidad de ser correctos y bien hablados, cuando en realidad el efecto que me produce es de suma garrulez. Me entusiasma encender el móvil y ver que no tengo ningún mensaje. En cambio, no me gustan los últimos días de agosto. Me fascina ver fumar en las películas. Hay pocas cosas tan fotogénicas en cine como el humo de un cigarrillo, especialmente en blanco y negro. Me deprime el deterioro estético de los pasajeros de un vuelo intercontinental al llegar a su destino. Me encanta meterme en una cama recién hecha, sobre todo en invierno. No aguanto que mientras alguien me habla me sujete del brazo con la intención de que le escuche atentamente. Me tranquiliza y me hace feliz levantarme por la mañana y saber que aquel día no he de tomar ninguna decisión importante. No me gustan las personas que besan golpeando suavemente su pómulo contra el mío y sin hacer el chasquido del beso (esa manera tan aséptica de besar es habitual entre la gente pija). Me gusta cuando me telefonea un amigo sólo para saber cómo estoy. Me fastidia despertarme por la noche y sentir la necesidad de mirar la hora que es. Y finalmente, me gusta la sensación que siento cuando pongo el punto final al artículo de este diario.