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Nanosustos   13 Jun. 2016

HACE UNOS cuatro años se publicó un libro  del que hablé en este diario. Se titulaba Momentos de inadvertida felicidad, y su autor,  Francesco Piccolo, explicaba de una forma  muy amena aquellos breves instantes de  nuestra vida en los cuales nos sentimos brevemente felices, sobre todo, al reparar en  ellos. Hay quien ha dicho que la felicidad se  compone exactamente de esos pequeños e  inadvertidos segundos de placer: meterse en  invierno en una cama recién hecha, oler la  cabecita de un bebé o el placer del primer  sorbo de una cerveza veraniega, y muchísimas cosas más. El acierto de Piccolo con este libro consistía en que el lector encontraba  muchas coincidencias con el autor, por lo  que uno se sentía más «normal» después de  leerlo. A mí me pasó, y me reforzó socialmente. A veces nos apetece coincidir emocionalmente; no ser tan diferentes de los demás,  sino sentir ese nexo de unión con los otros.
Hoy, sin embargo, hablaré justamente de  lo contrario a los momentos piccolianos: me referiré a aquellas situaciones en las que por un instante uno se siente a disgusto porque, parafraseando a esa pitonisa de la televisión, de madrugada, ocurre algo que nos inquieta, nos atormenta o nos perturba, algo que en momentos puntuales nos hace sentir momentáneamente mal. Son segundos que a veces no llegan al minuto, y que te mantienen en suspenso por algo que podría tener consecuencias o no, pero con la suficiente carga como para llevarse un nanosusto, término que, con su permiso, me acabo de inventar.

Hace unos meses tuve la mala suerte de perder la billetera, la suelo llevar en el bolsillo trasero del pantalón. Desde  entonces, siento la terrorífica sensación de que la voy a volver a perder en cualquier momento, lo que me obliga a llevar la mano al bolsillo con mucha frecuencia para comprobar si sigue ahí. Son escasos segundos, dos, tres, que se me hacen eternos porque en ese breve trayecto de la mano hacia el bolsillo me da tiempo de imaginar qué mal lo voy a pasar si la he vuelto a perder.

Siento otro indeseable nanosusto cuando me da la impresión que al aparcar el coche he rozado ligeramente la columna del parking. Son  interminables esos segundos que tardo en abrir la puerta y llegar hasta el punto del estropicio para conocer su magnitud.

La llegada de la carta certificada de Hacienda con la siniestra franja de color negro impresa en el sobre me hace predecir los peores augurios… Los instantes que transcurren mientras rasgo el sobre y leo en diagonal la letrita de su contenido son de infarto. Qué mal momento el de buscar y no encontrar, entre los cajeros del supermercado, la fila en la que no haya carros hasta arriba de productos, sobre todo cuando uno ha comprado un par de latitas nada más. Igual de desesperante es buscar el móvil en el bolsillo de la chaqueta o de un pantalón, como último lugar en el que registrar después de haber mirado por toda la casa. Y siempre está ahí, en el último bolsillo. Me dejo otros momentos como «no encuentro la tarjeta de embarque y juraría haberla puesto aquí» dicho ante de un imperturbable empleado del aeropuerto, o el de entregar al médico la analítica del chequeo anual sin haber sido capaz de comprobar las flechitas junto a los resultados.

En cualquier caso, escribir el contralibro de Piccolo podría tener su gracia porque probablemente despertaría la misma empatía que el libro de la felicidad. Tal vez lo haga. Se busca editor.




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