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Diferencialidad   13 Jul. 2016

SERÁ COINCIDENCIA o no, pero últimamente leo y escucho repetidamente que Catalunya resulta cada vez más incompresible para el resto de España. Llevo cerca de 40 años viajando, y he podido comprobar que las reticencias con respecto a Catalunya han ido en aumento desde la Transición hasta aquí.En España y en su misma capital, allá por los ochenta aún había cierta admiración, al menos para algunos, por Catalunya, considerándola como la «provincia» más europeizada de  España. La Barcelona preolímpica era la ciudad de la que provenía la cultura europea, el  teatro contemporáneo y las tendencias que  marcaban moda en una España deseosa por  apagar la todavía humeante hoguera del franquismo. Por su parte, la movida madrileña fue la respuesta contestataria frente a tantos años de cerrazón facha. A pesar de reconocerse una ligera ventaja de los catalanes en ciertas cuestiones, existía un recelo generalizado hacia Catalunya. Cuando el separatismo no era más que una idea romántica expuesta por lo bajini por algunos catalanistas de «la ceba», el resto de comunidades ya sentía rechazo por la voluntad diferencial catalana. Luego Pujol aupó la idea de la diferencialidad que afeó las relaciones y contribuyó a alargar la distancia entre Catalunya y el resto del Estado que interpretó que definirse como diferente era considerarse mejor. Además, la política de peix al cove propició la idea de que los catalanes queríamos solamente nuestro bienestar, anteponiendo la pela a cualquier interés de solidaridad nacional. Una vez acuñada esta opinión, muy discutida y muy discutible, se ha ido perpetuando y nos ha llevado por el camino de la mutua desafección, de la que habló José Montilla en su etapa de president, hace ya unos años.

Catalunya ha querido ser diferente. Lo es ahora y lo ha sido desde tiempos muy antiguos, en los que reyes y condes, a diferencia de cualquier otro territorio político, debían someterse al obligado juramento de las leyes establecidas en el seno de un Consell de Cent (ss. XIII-XVIII), formado principalmente por la oligarquía barcelonesa. Más tarde, con la
llegada de los Trastámara, se acentuarían las diferencias con una España que todavía no lo era. El propio Fernando el Católico tuvo que pasar por el aro y someterse al cumplimiento de las leyes dictadas por el Consell. Incluso el emperador Carlos V tuvo que jurar respeto a las leyes catalanas ante los miembros del Consell. He aquí un ejemplo histórico de que Catalunya ya era diferente.

Los acontecimientos separatistas de los últimos años han subrayado este distanciamiento, sustentado por una crispación alentada desde la política que se ha radicalizado hacia ambos extremos. El resultado de las últimas elecciones ofrece, también, una visión de voluntades políticas y sociales extremadamente distintas. Los catalanes, o sea, los que viven y trabajan en Catalunya, tienen una conducta que les ha otorgado un carácter particular; es algo propio de otras autonomías, aunque cada una con sus peculiaridades. La cuestión es que tanto una parte como la otra deberían intentar comprender la razón de esas diferencias para encontrar un punto de ajuste. Es probable que el acercamiento absoluto no llegue jamás, pero, si se lo imponen aquellos de quienes depende, la aproximación es posible. Eso sí, sin papanatismos que embarren las ideas y el diálogo, que, a día de hoy, parece más encallado que nunca. Estoy convencido de que es posible entender Catalunya, como puede llegar a serlo España para nosotros los catalanes.



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