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Porque no hay un planeta B   14 Jun. 2019

EL PASADO 8 de junio fue el Día Mundial de los Océanos. Cada vez es más obvia la capacidad devastadora que posee el ser humano. Los medios de comunicación han incrementado el número de artículos y de reportajes acerca del problema medioambiental que padece la Tierra.

Hace unos días me dejó estupefacto la disparatada imagen de una cola de alpinistas subiendo hasta los 8.000 metros del Everest. Los residuos y la contaminación han llegado al rincón más inhóspito del planeta. La explotación en masa de la montaña más alta del mundo nos dice mucho de hasta qué punto el hombre se ha adueñado de su hábitat, no únicamente perdiéndole el respeto, sino maltratándolo como si fuera un juguete del que disponer a nuestro antojo. Algunos escaladores murieron, pero no son más que sucesos colaterales que poco importan a las agencias que se forran organizando esas masivas escaladas a un lugar que, hasta hoy, parecía solo alcanzable para escaladores profesionales. Ahora el Everest se ha convertido en un parque temático y en un vertedero de basura: tiendas de campaña, fluorescentes, equipos de escalada, botes de refrescos bordean el camino que asciende hasta su cumbre. Un repugnante espectáculo.

Al igual de repugnante que nuestro lecho marino donde reposan toneladas de plástico en lenta descomposición. Se calcula que cada año se echan al mar 13 millones de toneladas de residuos. El 80% son plásticos. El Mediterráneo es uno de los mares más afectados por el problema y la costa catalana de las más contaminadas del área. Además, Barcelona es la ciudad portuaria que sufre mayor polución a causa del combustible de los grandes cruceros que la visitan. Las emisiones de óxido de azufre, principal contaminante de los barcos, es muy alta.

En estos días, en Venecia, se han movilizado miles de personas en protesta por la entrada de estos enormes cruceros hasta los canales de la ciudad. El ser humano se ha atribuido el derecho moral de utilizar todo cuanto tiene a su alcance como le viene en gana. El poder de la fuerza y de la inteligencia por encima de otras especies nos ha convertido en el ser vivo más destructivo de cuantos existen. La devastación y la sobreexplotación animal nos han transformado en negreros y traficantes de otras especies a las que aniquilamos y devoramos sin control. Como poseemos una capacidad de destrucción ilimitada, también en el espacio hemos ido dejando la huella de nuestra estulticia. 35 millones de desechos pululan por nuestra órbita terrestre. Basura espacial abandonada a su suerte que gira a nuestro alrededor como una alocada noria de amasijos en continuo movimiento. Siete mil doscientas toneladas de basura espacial que no nos preocupa porque no la vemos, pero que supone un peligro, según publica el diario Público, porque una colisión de un objeto de por ejemplo diez centímetros podría implicar una «fragmentación catastrófica» de un satélite, o uno de un centímetro podría perforar los escudos de la Estación Espacial Internacional (ISS), e incluso un pedazo de tan solo un milímetro destruiría subsistemas satelitales.

El ser humano contamina, irradia, extermina seres vivos, arrasa bosques y desprecia el único hábitat que posee. Ecoalf, una empresa textil que fabrica prendas con materiales plásticos rescatados de los océanos posee un eslogan muy oportuno que nos obliga a reflexionar. En sus camisetas se escribe en inglés: «Beacause there is no planet B» (Porque no hay un planeta B). Hay que cambiar los hábitos perniciosos que están acabando con el único lugar que nos queda.




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