La renovación de Guardiola 22 Feb. 2012
LO QUE a los barcelonistas nos pasa con la renovación de Guardiola me recuerda a lo que le ocurrió a un amigo mío de mis tiempos de universidad con la relación sentimental que mantenía con una chica de la que estaba locamente enamorado, aunque ella no acababa de definirse acerca del futuro de dicha relación. Decía que no le agradaba ser presentada en público como «la novia»; afirmaba que para presentarse públicamente no hacía falta adjetivar el grado de implicación emocional que ambos mantuviesen. Así que él, a pesar de no entender bien las razones, se conformaba con esa explicación y se sentía compensado con las muestras públicas de cariño y las manifestaciones de amor que le daba; sin embargo, cuando él le insinuaba la posibilidad de hacer juntos un proyecto de futuro, ella respondía que el tema la agobiaba, que pensar en eso no iba con ella, y que tener que definirse le hacía sentir mal. A cambio proponía ir forjando paso a paso la relación, y así, si un día se rompía, las cosas no serían tan traumáticas como en otras parejas. A mi amigo esa actitud le causaba mucha inseguridad porque pensaba que el día menos esperado ella le anunciaría el fin de la relación. A partir del día en que ella le soltó que para ella las parejas no debían ser eternas, él se obsesionó tanto con eso que el día que la veía seria o triste se esperaba lo peor; así que procuró no llevarle nunca la contraria no fuera que, por una torpeza suya, aquella mujer tan maravillosa, según él, tan lista y tan perfecta, le diera con la puerta en las narices.
Al principio pensó que lo más inteligente sería no atosigarla con la esperanza de que por sí misma, un buen día, accedería a comprometerse, aunque fuera extraoficialmente. Pero iban pasando los años y su chica no pasaba de interpretar el papel de pareja dedicada a su compañero, pero sin compromiso alguno. Luego a mi pobre amigo le empezaron a llegar los inevitables rumores de que a ella se la había visto con otro, del que decían que era un tío estupendo... No quiso hacer mucho caso, porque no se le pasaba por la cabeza la posibilidad de una deslealtad tan grande. Un día decidió hablarlo porque la presión se le había hecho insoportable: le expuso lo incómodo que le era no saber si ella le quería incondicionalmente, y ella le respondió que, aun siendo consciente de que no encontraría a ningún otro tan fantástico como él, no estaba segura de estar a la altura de su personalidad, y que por tanto no sabía si sería capaz de darle lo que él necesitaba. Mi amigo insistió en que no le exigía nada más que el habitual cariño que hasta ahora había recibido, y que con eso le bastaba. Sin embargo, ella insistió en que no le apretase más. Mi amigo anduvo desconcertado, descompuesto y por eso aquel curso suspendió la mayor parte de los exámenes.
¿Saben qué? Con el tiempo, se fue distanciando emocionalmente de ella, hasta importarle poco lo que en un futuro pudiera llegar a decidir. Se había desenamorado. Nuestro amor por Pep es inmenso pero no infinito. A estas alturas de las diversas competiciones en liza, los nervios nos provocan una inseguridad que no favorece la buena marcha del equipo.
Pep: ojalá te quedes, ojalá te defina.