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Hablar y escuchar   19 Jun. 2015

Mientras comía en un restaurante no pude evitar oír la conversación de dos comensales de una mesa de 24 personas que estaba pegada a la mía. Comer al lado de una mesa tan nutrida no es fácil, pero es muy distraído. En el extremo más próximo a mí, uno le hablaba sin parar a otro que solo escuchaba. Me llamó la atención su voz: tenía el tono de uno de esos pájaros de la selva tropical, coloridos y de característico graznido. Cuanto más hablaba más punzante era su voz y más se amplificaba todo lo que decía. El otro, solo escuchaba. Me acordé de un libro del Doctor Francesc Torralba: L’art de saber escoltar, en el cual se analiza la poca capacidad que solemos tener para prestar atención cuando nos hablan y, por contra, de cómo nos posee el afán de adueñarnos de una conversación. Pensé que el que callaba seguramente se habría leído el libro de Torralba y lo aplicaba rigurosamente hasta el extremo. Mientras el parlanchín encadenaba una conversación con otra sin apenas coger aire. El escuchante ni se movía, y muy de vez en cuando, ladeaba la cabeza y musitaba un discreto sonido en señal de que seguía con vida. El que gorjeaba intentaba convencerle de que los viernes se reuniera con él y unos amigos para tomar unas cañas y charlar un buen rato. “Tienes que venir. Hablamos, y hablamos hasta bien entrada la madrugada…”. Enseguida vi que el plan era arrastrar al pobre señor y a su mujer a una tumultuosa reunión de matrimonios de esos que “que se cuentan cosas”. Me imagino parejas soltando chascarrillos y anécdotas mil veces contadas. Miren, si no, lo que dice Torralba a propósito de algunas sobremesas: “Hay sobremesas muy previsibles, encuentros en los que ya se sabe de antemano los mensajes que se intercambiarán en cada momento, encuentros en los se reiteran y se reproducen las mismas respuestas. Afortunadamente, lo único que nos salva del tedio es la desmemoria, la amnesia que solemos sufrir en general. Si pudiéramos recordar lo dicho en anteriores encuentros nos avergonzaría comprobar lo mucho que nos repetimos.”

Desmemoriados y muy poco dispuestos a escuchar. La mayoría de las personas no están por la labor de escuchar, y solo quieren ser escuchados. Hay algunos tan ansiosos por hablar que, mientras lo hace el interlocutor, aprovechan el momento de que este calla para poder decir la suya.

Yo pertenezco a un grupo de amigos con los que me veo para cenar y charlar una vez al mes. Nos dividimos en dos: los que nos gusta hablar y los que hablan poco. De esos, ignoro por qué lo hacen: no sé si es que no tienen nada que decir, o es que se han leído a Torralba y dominan el arte de saber escuchar, o simplemente su natural timidez no les permite soltarse como hacemos los más cotorras. A estos nos molesta que haya gente que no participe, tal vez porque nunca sabes nada de lo que piensan, si es que piensan, y si piensan, pienso: ¿qué piensan?

Volviendo a la mesa de al lado, me divertí muchísimo escuchando a los matrimonios contarse anécdotas; al contarlas, la pareja no coincidía en nada a pesar de haberlas vivido juntos: él la contaba de una forma mientras, por lo bajo, se oía la voz de ella desaprobando el modo de hacerlo. Parejas que en el transcurso de la narración se interrumpían y rectificaban sin piedad alguna, hasta que uno de los dos, cansado de no poder hilar la historia a su manera, con resignación matrimonial, soltaba:” Bueno, pues nada, cuéntala tú”. Y la contaba.


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