¡Llegaron las rebajas! 13 Jan. 2011
TODOS LOS AÑOS observo con asombro e incredulidad las ya famosas imágenes de la multitud entrando atropelladamente en los grandes almacenes el primer día de las rebajas. Desde el año que vi a una señora empujar a otra y mandarla al suelo, espero con entusiasmo que se repita otra melé que provoque una caída de alguno de los corredores. Y digo corredores porque esa sí me parece la verdadera cursa de El Corte Inglés? Sé que no es correcto esperar que nadie se la pegue, pero, ¿qué quieren que les diga? Un servidor, si en algo no ha madurado es en el tema de los trompazos ajenos: ver caer a alguien todavía me sigue haciendo reír. Cuidado, porque no soy el único: como a los tontos, me consuela ver que es mal de muchos mirar en Youtube los incontables montajes con caídas sin consecuencias con las que muchos se descojonan de risa. ¿Infantil? Puede que sí.El caso es que en rebajas he procurado siempre evitar las tiendas y los grandes almacenes porque en esos días muchas personas sufren la asombrosa metamorfosis de convertirse en temibles depredadores de oportunidades. Este año no he tenido más remedio que acudir al Corte Inglés para cambiar un regalo de Reyes. Fui sin acordarme del fenómeno de las rebajas, así que justo antes de entrar ya me di cuenta de lo que me esperaba: el desbordamiento humano era espectacular. Ya que estaba allí, pensé que había que afrontarlo con coraje? Así que me dejé arrastrar por la masa y entré. De inmediato busqué entre el tumulto alguien que me informase dónde podía encontrar lo que necesitaba, y localicé a un pobre empleado que era interrogado por un grupo de señoras chillonas que le hablaban a la vez; al pobre no le dejaban ni responder, porque las mismas que preguntaban le interrumpían antes de que pudiese contestar. Un caos. Decidí buscarme la vida. Pensé que sería mejor utilizar el ascensor que las lentas y abarrotadas escaleras mecánicas. Error. Hacinados, parecíamos un vagón de deportados, una lista de Schindler camino de la séptima planta ¡Qué viaje más largo!Al llegar, empujones, golpes, choques, ni un solo «disculpe», cada uno a lo suyo, como fieras en busca de su presa.Llegué como pude a la sección que buscaba y me encontré una cola interminable de personas comprando y cambiando cosas. Dudé si continuar hasta que vi cómo dos señoras se llamaban de todo para conseguir el último chalequito de lana fría. Lo sé porque una lo dijo: «es de lana fría». Me di media vuelta, descendí con nuevos prisioneros hasta la planta baja y me dejé arrastrar hasta la salida. Inolvidable.