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Una llamada comercial   21 Sep. 2015

DURANTE EL DÍA hay momentos, minutos, incluso alguna hora, en la que decides aparcar las responsabilidades que te esperan, porque tú lo vales, y tomas la determinación, como fue mi caso hace unos días, de echar una siestecita corta para poder afrontar con mayor ánimo las obligaciones del resto del día.

Había almorzado frugalmente con la voluntad de seguir una dieta autoimpuesta después de ver reflejados de perfil en el espejo del baño los estragos de algún kilo cariñosamente adquirido durante mis vacaciones. Por experiencia ya sé que en esos períodos se me manifiesta un malhumor insoportable. Y es que no hay nada más frustrante que estar muerto de hambre esperando que llegue la ansiada hora del almuerzo, para, en un abrir y cerrar de ojos, darse cuenta de que ya has terminado.

Así que pensé que lo mejor sería intentar echar una cabezadita y olvidar mi drama personal. Me sumergí entre los mullidos almohadones del sofá, apoyé las piernas en el puf de apoyar las piernas, y ¡zas!... En segundos entré en ese dulce sueño en el que uno va dejando muy despacio los sonidos de un mundo exterior que se percibe cada  vez menos. El último sonido que  oí antes de perder la conciencia fue la dulce melodía de una lejana radial que provenía de vete a saber de qué barrio. Las radiales son exasperantes como las cigarras en verano, cuyas  estridulaciones son capaces de viajar varias manzanas y meterse en el salón de casa.

A los pocos  minutos, adiós  radial, adiós mundo frugal, adiós… ¡Riiiiing! El teléfono fijo que reposa en la mesilla de al lado del sofá me sobresalta. Maldigo la llamada, y dudo  si contestar; sin embargo, siempre acabo pensando que puede tratarse de algo urgente, cuando en realidad nunca lo es. Así que cometo el error de contestar: «¿Diga?» (Ahora póngase acento iberoamericano) «Le llamamos de (no recuerdo la empresa). Mi nombre es Osvaldo y mi llamado es para saber si su suministro eléctrico está  contratado a través del programa…».

Dejé de atender a aquel saboteador que me estaba hablando como si fuese un robot. Real- mente dudaba si me hablaba una máquina o un ser vivo, pero  me di cuenta de que sí, era real. Me preguntaba mi nombre de pila. Lorenzo, le dije, no sé por qué. «Pues encantado Don Lorenzo», me saludó. Le llamo para in- formarle de las ventajas de nuestro pack… No podía creer que mi siesta fuese  vilipendiada por un cortarrollos que llamaba del otro confín para venderme un producto de telefonía.

En pocos  segundos noté como el monstruo que anida en mí empezaba a despertar; mi ira crecía a la velocidad con que hablaba aquel señor desde Perú. De repente me acordé de la estrategia que, para esos casos, me aconsejó un buen amigo, y la apliqué.

Con voz lamentosa, le interrumpí y le espeté que mi empresa había hecho suspensión de pagos, y que justamente estábamos vaciando de muebles y ordenadores la oficina para venderlos a alguna empresa. Así que le pregunté:
«¿No estarán ustedes interesados en comprar- me mesas, sillas de oficina seminuevas y ordenadores a buen precio?»

La voz del vendedor empezó a vacilar: era evidente que no estaba preparado para oír una oferta de una víctima. Ahora  la víctima empezaba a ser él. Así que me dijo no estar interesado, que él llamaba para… Y yo le interrumpía con la insistencia y el entusiasmo propio de un vendedor para convencerle de que el material que yo le ofrecía era una oportunidad única. Al final, se agobió y colgó.

La siesta se echó a perder, pero  lo que me reí por dentro me compensó.



1 Comentarios

Lar M   26 Sep. 2015 · 20:03:25   #1  
Eso mismo nos ha pasado a muchos, y es difícil mantener a raya los nervios. Comprendo que sea su trabajo, pero todo tiene un límite. Te llaman seis o siete veces al día , es desesperante.Se te acaban las escusas.. la úlitma vez les dije que no insistieran que el propietario esta en la cárcel y que era sordomudo... no sé si se lo creyó pero no ha vuelto a llamar.




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